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Banderas políticas pierden fuerza en Quito rumbo a 2027

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Las banderas políticas han dejado de ser un factor decisivo en Quito de cara a las elecciones de 2027. La capital se encamina otra vez a una contienda fragmentada, con candidatos de escaso respaldo, partidos debilitados y una ciudadanía cada vez más distante de la política local. La falta de liderazgos sólidos y de organizaciones con identidad clara vuelve a perfilar un escenario disperso para la elección de alcalde.

En las últimas dos décadas, Quito ha registrado 56 candidatos a la Alcaldía en apenas cinco procesos electorales. A esa cifra se sumarán los aspirantes que participen en 2027, en medio de una crisis cada vez más visible dentro de los partidos y movimientos. Más que fortalecer cuadros propios, muchas organizaciones han preferido respaldar figuras externas que puedan atraer votos, aunque no exista una relación ideológica ni un proyecto político consistente detrás.

Crisis de representación en la capital

Uno de los principales problemas en Quito es la debilidad de la representación política. Las agrupaciones ya no logran consolidar liderazgos duraderos ni construir referentes reconocibles para la ciudadanía. En muchos casos, los partidos solo buscan mantenerse vigentes en el sistema electoral, incluso si no tienen reales opciones de ganar la Alcaldía.

Esta lógica ha provocado que el objetivo de varias listas no sea alcanzar el Municipio, sino apenas lograr el porcentaje mínimo de votos que les permita conservar su personería jurídica. Con ello aseguran acceso a recursos estatales y la posibilidad de seguir participando en futuras elecciones, aunque su presencia política sea cada vez más limitada.

Banderas políticas

Banderas políticas cada vez menos relevantes

Las banderas políticas también han perdido valor simbólico y electoral entre los quiteños. Para una gran parte de la población, los números de lista y los colores partidistas ya no representan una identidad clara ni una postura ideológica definida. Esto se debe, en parte, a que muchos movimientos han desaparecido, cambiado de nombre, mutado de liderazgo o incluso modificado su línea política con el paso del tiempo.

Como resultado, a la ciudadanía le resulta cada vez más difícil identificar referentes partidistas confiables. Aunque varias organizaciones aseguran tener miles de adherentes o militantes, ese supuesto respaldo no se refleja ni en sus actos internos ni en los resultados en las urnas.

Elecciones fragmentadas y papeletas extensas

La multiplicación constante de partidos y movimientos nacionales y locales ha desembocado en elecciones cada vez más fragmentadas. Uno de los casos más evidentes ocurrió en 2019, cuando Quito tuvo 18 candidatos a la Alcaldía, en una papeleta inusualmente extensa. Escenarios parecidos también se vieron en 2009 y 2023.

Esa sobreoferta de candidaturas terminó dispersando el voto. En 2019, siete postulantes ni siquiera alcanzaron el 1% de la votación, mientras otros siete quedaron por debajo del 7%. Los cuatro primeros lugares se movieron apenas entre el 17% y el 21%, con diferencias mínimas entre ellos. Ese tipo de resultados muestra una ciudad sin mayorías claras y con una representación electoral muy debilitada.

Banderas políticas sin capacidad de arrastre

El deterioro de las banderas políticas también se refleja en la baja legitimidad con la que han llegado los últimos alcaldes al poder. En los años recientes, Quito ha estado gobernado por autoridades elegidas con niveles de apoyo mucho menores a los que se observaban en décadas anteriores.

La elección de Jorge Yunda en 2019 fue una muestra de esa fragilidad. Su triunfo no le aseguró estabilidad y terminó convirtiéndose en el primer alcalde destituido en la historia de la capital. Después asumió Santiago Guarderas en una administración temporal también cuestionada, marcada por una débil legitimidad y poco capital político.

Algo parecido ocurrió en 2023, cuando Pabel Muñoz ganó la Alcaldía con apenas una cuarta parte de los votos válidos. Aunque obtuvo cerca de 324.000 votos, el total de electores registrados superaba 1,55 millones. Eso significa que una gran parte de la ciudad votó por otras opciones, anuló su voto, dejó la papeleta en blanco o simplemente no acudió a las urnas.

Del liderazgo sólido a las candidaturas coyunturales

En el pasado, Quito tuvo alcaldes con respaldos mucho más robustos y trayectorias ampliamente reconocidas. Figuras como Paco Moncayo o Augusto Barrera llegaron al cargo después de procesos políticos y públicos de largo aliento, con vínculos más consistentes con distintos sectores de la ciudad.

La excepción más llamativa fue Mauricio Rodas en 2014. Su ascenso marcó el inicio de una tendencia en la que candidatos con escasa trayectoria política o administrativa podían alcanzar victorias importantes en medio del descontento ciudadano. Rodas capitalizó el rechazo al correísmo y a los partidos tradicionales, logrando una votación sorpresiva cercana al 60%. Sin embargo, tras una gestión también cuestionada, desapareció de la escena pública y su partido no volvió a consolidarse.

Desde entonces, las candidaturas en Quito parecen responder más a coyunturas que a procesos políticos sostenidos. Ya no se observa la capacidad de aglutinar de forma estable a distintos sectores de la ciudad ni de construir liderazgos con permanencia en el tiempo.

Banderas políticas y apatía ciudadana

A la crisis de los partidos se suma el creciente desinterés de los ciudadanos por la política y la administración pública. Aunque las decisiones municipales impactan directamente en la vida diaria, una parte importante de la población prefiere mantenerse al margen, sin mayor involucramiento ni expectativa frente a las elecciones.

Ese desencanto también se refleja en el aumento de los votos nulos y blancos, que en las dos últimas elecciones locales se duplicaron. La apatía, combinada con la falta de confianza en partidos y candidatos, agrava aún más la crisis de representación de la capital.

Quito, pese a ser el cantón con más electores del país y la sede administrativa del gobierno nacional, ha dejado de ser un bastión político. La ciudad ya no ocupa el papel protagónico que tuvo en otros momentos como semillero de liderazgos nacionales y presidenciales. Hoy enfrenta un escenario en el que las banderas políticas pesan cada vez menos, los candidatos generan poco entusiasmo y los votantes muestran un interés cada vez más débil.

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Fuente:

www.primicias.ec

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