La urgencia es real: la confianza en la inteligencia artificial ha bajado del 61% al 53% en los últimos cinco años, mientras que el 48% de las personas sube datos sensibles a herramientas de IA sin ningún control, según KPMG.
En un entorno donde la tecnología parece justificarlo todo, los valores se convierten en la última ancla. Ética, prudencia e integridad emergen como condiciones indispensables para liderar sin perder la confianza ni la humanidad.
Ecuador, enero de 2026. — En un mundo donde la tecnología parece justificarlo todo, desde capturar datos personales sin consentimiento hasta automatizar decisiones que antes requerían criterio humano, surge una pregunta inevitable: ¿hasta dónde es ético llegar? La Dra. Martha Alles, una de las voces más influyentes en liderazgo y comportamiento organizacional en BIU University, advierte que la mayor amenaza del ecosistema digital no es la tecnología, sino la idea equivocada de que “si se puede hacer, está bien hacerlo”.
Su investigación ¿Todo vale? Valores y límites en el ecosistema digital demuestra que la virtualidad, la inteligencia artificial, la hiperconexión y el trabajo híbrido han desdibujado fronteras clave: entre lo laboral y lo personal, lo privado y lo público, lo correcto y lo meramente posible. Frente a este escenario, valores como la ética, la integridad, la prudencia y la justicia no solo siguen vigentes, sino que se convierten en el último ancla para preservar la dignidad humana en entornos dominados por algoritmos.
No todo lo que se puede hacer, debe hacerse La tentación está servida.
La tecnología acelera procesos, reduce costos, amplía el volumen de datos y habilita decisiones inmediatas. Pero la Dra. Alles es contundente: “Cuando la eficiencia reemplaza a la ética, lo que se pierde no es tiempo, es humanidad”. La pregunta clave para cualquier líder no es ¿podemos hacerlo?, sino:
¿A quién afecta? ¿Quién queda invisibilizado? ¿A quién excluye el algoritmo? ¿Estoy priorizando la rapidez sobre la justicia?
La verdadera innovación no consiste en hacer todo lo posible, sino en saber cuándo detenerse. La prudencia, muchas veces vista como una virtud “antigua”, hoy es el verdadero superpoder del liderazgo digital.
Los datos no reemplazan la conciencia
En el ecosistema digital se ha instalado una idea peligrosa: que los datos “dicen la verdad” por sí solos. Pero los datos solo miden, predicen y clasifican; no evalúan consecuencias ni toman decisiones éticas. La investigación de la Dra. Martha Alles muestra que cuando el criterio humano se subordina a métricas, los riesgos se multiplican.
Para el liderazgo digital, el límite es claro: ningún indicador justifica vulnerar la privacidad, ningún modelo reemplaza la responsabilidad personal y ninguna decisión puede delegarse por completo a un algoritmo. Incluso en escenarios de alta presión, la ética no depende de la capacidad tecnológica, sino de la conciencia de quien decide. La tecnología puede acelerar decisiones, pero solo los valores evitan que ese avance termine dañando a las personas.
Liderar sin presencia no significa liderar sin ética
El trabajo híbrido lo cambió todo: oficinas que ya no garantizan visibilidad, equipos distribuidos y métricas de conexión que intentan reemplazar el criterio humano. Sin embargo, la distancia física no exime la responsabilidad moral. Un líder ético entiende que:
La confianza se sostiene con coherencia, no con vigilancia.
Las decisiones deben ser justas aunque nadie esté mirando. La empatía también se ejerce a través de una pantalla.
La visibilidad no define el valor del trabajo.
Como enfatiza la Dra. Alles: “El liderazgo se pone a prueba cuando no hay ojos encima”.
Mostrarlo todo no te hace más auténtico
En redes internas, reuniones virtuales y plataformas colaborativas, la exposición se ha convertido en una moneda de cambio. Pero lo privado no es ocultamiento, es cuidado. Saber qué mostrar y qué preservar es un acto de autoliderazgo. La sobreexposición digital puede diluir la autoridad, aumentar la presión emocional, distorsionar los vínculos laborales e invadir espacios íntimos que antes estaban protegidos. El límite no es tecnológico, es ético: “No todo lo que puedo mostrar debe ser mostrado”.
La tecnología no libera: depende de cómo la uses
La inteligencia artificial, los algoritmos de productividad y las plataformas de evaluación pueden ampliar la libertad o convertirla en una ilusión diseñada por sistemas invisibles. La tecnología puede expandir la autonomía o intensificar el control; permitir flexibilidad o imponer vigilancia constante.
El desafío es claro: “La libertad no es un producto tecnológico, es un ejercicio ético”. Un líder digital debe preguntarse siempre: ¿Esta herramienta empodera o vigila? ¿Esta práctica incluye o excluye? ¿Esta decisión expande o restringe la autonomía de las personas?
Los datos respaldan esta advertencia. El Edelman Trust Barometer 2024 revela una brecha de 26 puntos entre la confianza en la industria tecnológica (76%) y la confianza en la inteligencia artificial (50%). Además, la confianza en las empresas de IA ha caído del 61% al 53% en cinco años. Por su parte, el informe Trust in AI de KPMG indica que el 48% de las personas sube datos sensibles de la empresa a herramientas de IA y que el 66% no verifica la precisión de los resultados, exponiendo riesgos éticos que ya están en marcha. Incluso las nuevas generaciones perciben esta tensión.
El estudio La Voz de la Nueva Generación, de la Universidad de Palermo y TNS Gallup, muestra que, aunque el 54% cree que la ciencia ayudará a la humanidad, un 22% la considera potencialmente perjudicial. La tecnología no es neutral: su impacto depende de los valores que la acompañan. La conclusión es clara. La tecnología transforma los contextos, pero son los valores los que determinan la dirección del cambio. Como resume la Dra. Martha Alles: “En un mundo donde todo parece posible, la verdadera valentía consiste en elegir lo correcto”. Porque en el mundo digital, más que nunca, no todo vale.
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