Más que trasladar los contenidos al hogar, esta forma de educación transforma la organización del proceso, la participación de los padres y los espacios en los que niños y adolescentes aprenden, conviven y construyen su proyecto de vida.
Con la proximidad del ciclo Sierra 2026-2027, las familias revisan las distintas alternativas disponibles para la educación de sus hijos. Algunas eligen la enseñanza presencial en escuelas y colegios; otras consideran modalidades virtuales o a distancia, mientras que un grupo explora la educación en casa.
Dentro del homeschooling existen diferentes maneras de organizar el proceso. Algunas familias trabajan de forma independiente y otras buscan el apoyo de plataformas, docentes, mentores o comunidades educativas. En todos los casos, la decisión plantea una pregunta que supera el lugar de estudio: ¿qué experiencia educativa se quiere construir para cada hijo?
Una de estas propuestas es Skholé, programa educativo de la Fundación Voluntar, cuyo modelo parte de una ruta clara que articula conocimientos académicos, desarrollo socioemocional, acompañamiento familiar, vida en comunidad y construcción del proyecto de vida.
Cuando la educación se organiza desde casa, el hogar se convierte en el punto de partida, pero no necesariamente en el único escenario. Bibliotecas, museos, entornos naturales, clubes, actividades deportivas, proyectos colaborativos y experiencias de servicio también pueden formar parte del proceso. Esta perspectiva permite relacionar los contenidos con situaciones concretas. Una salida puede incorporar observación, ciencias e historia; un proyecto colectivo puede fortalecer la comunicación, la planificación y el trabajo en equipo; y una actividad cotidiana puede convertirse en una oportunidad para explorar, tomar decisiones y resolver problemas.
Esta forma de trabajo se puso en práctica durante “Vive Skholé”, una jornada realizada en Quito para que familias interesadas en explorar el homeschooling conocieran desde la práctica la metodología del programa. A través de actividades para niños, adolescentes y espacios formativos para madres y padres, las familias pudieron experimentar cómo se integra el aprendizaje, la convivencia, la autonomía y el acompañamiento dentro de una misma propuesta educativa..
Niños y adolescentes participaron en desafíos al aire libre, ejercicios de orientación, campismo y actividades colaborativas. De manera paralela, madres y padres asistieron a un espacio de Disciplina Positiva y conversaron con familias que ya educan bajo esta modalidad. El objetivo fue mostrar cómo una misma experiencia puede desarrollar conocimientos, autonomía, liderazgo, perseverancia y cooperación.
Otro de los cambios ocurre en el papel de la familia. Madres, padres y cuidadores participan de manera más cercana en las decisiones educativas, conocen mejor el ritmo de sus hijos y pueden identificar qué recursos o experiencias favorecen su desarrollo.
Esta participación no significa que deban asumir el papel de profesores ni dominar todas las asignaturas. En el modelo de Skholé, las familias cuentan con una ruta educativa, mentores, orientación y espacios comunitarios que acompañan las distintas etapas del proceso.
“En Skholé entendemos que la educación y la crianza forman parte de un mismo proyecto familiar. Los padres y madres no tienen que convertirse en los profesores de sus hijos ni recorrer este camino solos: cuentan con una ruta, mentores y una comunidad que les permite aprender junto a ellos y acompañar cada etapa con mayor claridad”, señaló Fabiola Narváez, directora del programa Skholé.
Esta cercanía puede ser especialmente relevante para familias cuyos hijos tienen diferentes ritmos de desarrollo, altas capacidades, necesidades educativas específicas u otras circunstancias que requieren una propuesta más personalizada.
La experiencia también transforma la manera en que los integrantes del hogar se relacionan entre sí. Las familias no solo acompañan la formación de sus hijos, sino que revisan sus propias prácticas, aprenden a observarlos y construyen con ellos nuevas formas de participación.

“Durante estos dos años hemos vivido una maravillosa experiencia, comprendiendo mucho mejor la dinámica de educar en casa y lo que implica el aprendizaje como grupo familiar conectado. Nos conocimos mejor en aspectos que antes dábamos por sentado, como el ritmo, los intereses y la forma individual de avanzar de nuestras hijas Amarilis, de 15 años, y Sara, de 11. Esto nos llevó a visualizar profundamente cómo las acompañamos. Ahora participamos de forma directa en sus proyectos e hicimos del ejercicio educativo una experiencia compartida, segura, alegre y libre”, comentó Zulema Mantilla Figueroa, madre de familia de Skholé.
La educación en casa no excluye la vida en comunidad. En el caso de Skholé, el proceso incluye actividades grupales presenciales semanales, clubes, salidas a la naturaleza, voluntariado, proyectos cooperativos y encuentros entre familias. Estos espacios permiten que niños y adolescentes convivan con personas de diferentes edades, participen en equipos, establezcan acuerdos y asuman responsabilidades compartidas. Para los jóvenes se suman mentorías y experiencias vinculadas con el autoconocimiento, el servicio comunitario, el acercamiento al entorno laboral y la construcción de su proyecto de vida.
De acuerdo con cifras institucionales, más de 500 familias y 700 niños y jóvenes han formado parte de la comunidad educativa de Skholé. El programa registra seis promociones y 70 jóvenes que han culminado su proceso educativo.
Al organizar la educación desde casa, cambia la forma de distribuir el tiempo, de acompañar a los hijos y de entender dónde puede ocurrir la formación. La conversación deja de centrarse únicamente en el lugar de estudio y se amplía hacia la ruta que orientará el proceso, la comunidad que acompañará a la familia y las experiencias que ayudarán a cada niño o adolescente a desarrollar autonomía, construir su proyecto de vida y prepararse para su futuro.
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