El regreso de Donald Trump al Foro Económico Mundial de Davos en 2026 no pasó desapercibido. Ante un auditorio abarrotado de líderes políticos, ejecutivos y diplomáticos, el presidente de Estados Unidos desplegó un discurso que confirmó su estilo: directo, disruptivo y profundamente transaccional. Lejos del lenguaje diplomático tradicional, Trump habló como un CEO con poder geopolítico, redefiniendo la política exterior como una negociación permanente de activos, costos y beneficios.

Uno de los momentos más impactantes quedó resumido en una frase que recorrió el mundo: “No usaré la fuerza. Quiero comprar Groenlandia”.
Groenlandia como activo estratégico global
Trump fue explícito al plantear que Estados Unidos es el único país capaz de garantizar la seguridad de Groenlandia. Recordó el rol de Washington en la defensa del territorio durante la Segunda Guerra Mundial y sostuvo que el statu quo ya no es viable en un Ártico cada vez más estratégico.
Lo llamativo no fue solo el contenido, sino el enfoque. Trump no habló de soberanía, autodeterminación ni derecho internacional. Habló de compra, negociación y racionalidad económica. En su visión, Groenlandia aparece como un activo subvalorado: ubicación clave, recursos naturales, control de rutas árticas y una creciente competencia con Rusia y China. Para Europa, acostumbrada a una lectura más normativa de la geopolítica, el mensaje resultó incómodo; para los mercados, coherente con una lógica empresarial.
El poder duro como opción, no como primera herramienta
Aunque aseguró que no recurrirá a la fuerza, Trump dejó claro que Estados Unidos tiene una capacidad militar “imparable”. Sin embargo, subrayó que no la necesita para alcanzar sus objetivos. La amenaza implícita funciona como parte de su estrategia negociadora: mostrar poder para evitar usarlo.
Este enfoque refuerza una idea central de su discurso: la seguridad es un activo negociable, no un principio incondicional. En ese marco, la diplomacia se transforma en una extensión del poder económico y militar.
La OTAN bajo una lógica de facturación
Trump volvió a cuestionar a la OTAN, acusando a Europa de haberse beneficiado durante décadas de la protección estadounidense sin asumir su parte del costo. Según su visión, Estados Unidos ha pagado la seguridad europea frente a la Unión Soviética primero y Rusia después, sin recibir beneficios equivalentes.
El mensaje fue claro: la seguridad colectiva deja de ser un compromiso histórico para convertirse en un servicio que debe pagarse. Esta lectura redefine las alianzas tradicionales y envía una señal directa a socios y aliados: el respaldo de Washington no es automático ni gratuito.
Venezuela y energía: pragmatismo sin ideología
Uno de los pasajes que más atención generó en América Latina fue la referencia a Venezuela. Trump afirmó que el país sudamericano obtendrá más ingresos petroleros en pocos meses que en las últimas dos décadas. Elogió la rapidez del nuevo liderazgo para cerrar acuerdos y evitó cualquier discurso sobre democracia o derechos humanos.
El enfoque fue estrictamente económico: petróleo, ingresos y cooperación. Este pragmatismo marca un giro relevante en la política estadounidense hacia la región y tiene implicaciones directas para los mercados energéticos latinoamericanos.
Europa bajo crítica directa
Trump cerró su intervención con duras observaciones sobre Europa. Cuestionó la migración masiva, las políticas energéticas y la pérdida de competitividad del modelo europeo. Aunque afirmó “amar a Europa”, sostuvo que el continente “no va en la buena dirección”.
El contraste que plantea es claro: frente a un modelo europeo más regulado e idealista, Trump propone una lógica basada en crecimiento económico, energía barata y poder duro. Un mensaje que resuena con fuerza en un contexto global marcado por la competencia estratégica.
Un mensaje que América Latina no puede ignorar
Para América Latina, el discurso de Trump en Davos deja conclusiones clave. La relación con Estados Unidos será cada vez más transaccional; los recursos naturales vuelven al centro de la geopolítica; y el pragmatismo económico se impone sobre las afinidades ideológicas.
En Davos, Trump no habló como un estadista tradicional. Habló como un CEO con poder militar. Y en esa lógica dejó claro que, para él, el mundo no se organiza en torno a principios, sino a oportunidades. Incluso cuando se trata de territorios como Groenlandia.
Fuente:
Revista E&N
Te puede interesar:
Asamblea Nacional investiga a Pabel Muñoz por presuntas irregularidades en compra de trolebuses
