- Restauradores retiran hasta 7 capas de pintura superpuestas para rescatar murales de 1883 en el Colegio Febres Cordero de Cuenca.
- La obra, valorada en $9 millones, lleva 5 meses de trabajo y un avance del 10%.
- El edificio forma parte del centro histórico declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1999.
Detrás de siete capas de pintura sobrepuestas durante más de un siglo, un equipo de restauradores en Cuenca trabaja milímetro a milímetro para devolverle su rostro original a un salón que pocos estudiantes actuales han visto tal como fue concebido en 1883. Se trata de «La Capilla», el espacio más valioso del segundo piso del Colegio Francisco Febres Cordero, donde instrumentos de precisión sustituyen a las brochas para no dañar lo que aún permanece intacto bajo el revestimiento.
Instrumentos de precisión en lugar de brochas
La arquitecta Ana Belén Guama, encargada de los trabajos murales, explica que cada capa de pintura debe removerse con herramientas especializadas porque un solo movimiento en falso puede destruir fragmentos de la obra original que llevan décadas esperando ser descubiertos. El proceso combina paciencia artesanal con criterios técnicos de conservación patrimonial, en un edificio donde la humedad y el paso del tiempo también han dejado huella en la carpintería y en elementos estructurales que ahora se recuperan junto con los murales.
Una inversión de $9 millones sin fecha de cierre
El presupuesto asignado a la intervención asciende a $9 millones, financiamiento que cubre tanto la recuperación estructural como el trabajo mural especializado y la restauración de carpintería original. A cinco meses de haber iniciado, el avance físico ronda el 10%, un ritmo que responde a la complejidad de cada hallazgo: mientras más capas de pintura o daños estructurales aparecen, más se ajusta el cronograma. Por ahora no existe una fecha definitiva de entrega, ya que las condiciones que va revelando el propio edificio determinan el tiempo que tomará cada etapa.
Un colegio que forma parte del casco patrimonial
El Colegio Febres Cordero se ubica dentro del centro histórico de Cuenca, reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1999. Con más de 140 años de historia, el inmueble combina su función educativa activa con el valor arquitectónico de sus espacios originales, lo que ha llevado al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y al GAD Municipal de Cuenca a respaldar una intervención que busca conciliar el uso cotidiano del plantel con la conservación de sus murales y su estructura decimonónica.
Para conocer más sobre los desafíos de mantenimiento de espacios públicos patrimoniales en la ciudad, puede revisarse también la situación de los megaparques de Cuenca, otro caso donde infraestructura urbana y conservación se cruzan. Información adicional sobre criterios de restauración patrimonial puede consultarse en el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y en el portal oficial del GAD Municipal de Cuenca.
La restauración del Febres Cordero se suma a una serie de intervenciones patrimoniales que buscan preservar la identidad arquitectónica del centro histórico cuencano, donde cada edificio conserva capas de historia que, como en este caso, quedaron literalmente sepultadas bajo pintura durante generaciones antes de volver a ver la luz.
Estudiantes conviven con la obra en marcha
A diferencia de otras intervenciones patrimoniales que exigen el cierre total del inmueble, el Colegio Febres Cordero mantiene sus actividades académicas mientras avanza la restauración. Las autoridades del plantel han coordinado con el equipo técnico horarios y accesos que permiten aislar las zonas intervenidas sin interrumpir las clases regulares, de modo que los estudiantes conviven a diario con andamios, instrumentos de conservación y especialistas que documentan cada hallazgo. Esta convivencia entre uso educativo y trabajo de restauración añade una capa adicional de complejidad logística, pues cualquier movimiento de materiales o personal debe planificarse para no comprometer ni la seguridad de los menores ni la integridad de los murales recién expuestos. Docentes y directivos destacan además el valor pedagógico de la obra, ya que convierte al propio edificio en una lección viva de historia y patrimonio para las nuevas generaciones que hoy ocupan sus aulas.









